Organizando lo último de hoy
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Billones de neutrinos atraviesan tu cuerpo cada segundo. Detectarlos requiere kilómetros de hielo antártico.
Los neutrinos son las partículas elementales más comunes del universo después de los fotones. Se producen en el núcleo del Sol, en explosiones de supernovas, en reactores nucleares, en los aceleradores de partículas y en la desintegración natural de elementos radiactivos. Viajan casi a la velocidad de la luz, tienen masa casi nula y no tienen carga eléctrica. Esa combinación los hace prácticamente imposibles de detectar: pueden atravesar un año-luz de plomo sin interaccionar con nada.
El detector IceCube, enterrado bajo 2.5 kilómetros de hielo antártico, es uno de los instrumentos más extraordinarios construidos por la ciencia humana. Un kilómetro cúbico de hielo polar, instrumentado con más de 5.000 sensores ópticos, esperando capturar los rarísimos eventos en que un neutrino interacciona con una molécula de agua y produce un destello de luz. En todo el volumen del detector, unos pocos cientos de eventos de interés ocurren por año.
Por qué tanto esfuerzo para detectar algo que no interacciona con nada. Precisamente por eso: los neutrinos llegan del universo sin desviarse ni absorberse, portando información directa sobre los procesos más energéticos del cosmos. Los primeros neutrinos extragalácticos detectados por IceCube en 2013 abrieron una nueva ventana astronómica. Hay cosas del universo que solo se pueden ver con neutrinos.
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