Organizando lo último de hoy
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El debate entre privacidad y libertad de expresión se intensifica con la IA y la memoria digital perpetua.
Equipo editorial de Virela
Imagen de apoyo: Foto de Unsplash
El derecho al olvido fue reconocido jurídicamente en Europa en 2014, cuando el Tribunal de Justicia de la UE falló que las personas pueden pedir a los buscadores que desindexen información sobre ellas que ya no es relevante, aunque sea verídica. Google recibió millones de solicitudes desde entonces. El principio es claro en teoría: la persona que cometió un error menor a los veinte años no debería cargar con ese registro de forma indefinida en la primera página de resultados de su nombre.
La práctica es mucho más complicada. Cada solicitud de olvido colisiona con el interés público en la información, con la libertad de prensa y con la dificultad técnica de borrar algo de internet cuando ya fue copiado y redistribuido. La IA añade capas nuevas al problema: los modelos de lenguaje se entrenan con datos que incluyen información personal, y no existe todavía un mecanismo claro para "desaprender" información específica de un modelo ya entrenado.
El debate se intensifica en medida que los sistemas de reconocimiento facial, el análisis de redes sociales y los modelos generativos hacen que la huella digital sea más difícil de controlar. Las legislaciones avanzan de forma fragmentada. Europa lidera con el RGPD y el AI Act. El resto del mundo sigue sin consenso sobre dónde trazar la línea entre el derecho a ser olvidado y el derecho de la sociedad a recordar.
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