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Arabia Saudita no tiene ríos permanentes. Toda su agua viene de acuíferos, desalinizadoras y embalses artificiales.
Con 2.15 millones de kilómetros cuadrados, Arabia Saudita es el país más grande del mundo sin ningún curso de agua permanente. El fenómeno es consecuencia directa del clima desértico: las precipitaciones son escasas e irregulares, y las altas temperaturas generan tasas de evaporación que impiden la formación de caudales estables. Lo que existen son wadis, lechos secos que pueden llenarse temporalmente durante episodios de lluvia intensa.
Para sostener una población de más de 35 millones de personas en ese entorno, Arabia Saudita construyó la mayor infraestructura de desalinización del mundo. El país produce más del 20% del agua desalinizada a nivel global, con decenas de plantas a lo largo de la costa del Mar Rojo y el Golfo Pérsico. El proceso es altamente energético, lo que genera una demanda de combustible fósil enorme para sostener el suministro hídrico, aunque las plantas más nuevas incorporan energía solar para reducir ese costo.
El otro pilar del abastecimiento son los acuíferos fósiles, reservas de agua acumuladas hace miles de años que se están agotando a una velocidad no renovable. El horizonte de esos acuíferos preocupa a los planificadores: el agua que tardó milenios en acumularse se está extrayendo en décadas. La dependencia extrema del agua desalinizada y la sobreexplotación de acuíferos fósiles hacen de la seguridad hídrica uno de los desafíos estratégicos de largo plazo más delicados para la región.
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