Tecnología, cultura y viral
Tecnología, cultura y viral
Cambiamos privacidad por servicios gratuitos. Cada clic es registrado. La pregunta es qué hacemos al respecto.
El modelo de negocio que sostiene la mayor parte de internet gratuita es la publicidad segmentada. Para que esa segmentación funcione, las plataformas necesitan saber quiénes son sus usuarios, qué les interesa, cuándo están activos, qué compran, qué buscan, con quién se comunican. La información personal es la materia prima. Y durante dos décadas, los usuarios entregaron esa materia prima a cambio de correo gratuito, mapas, redes sociales y motores de búsqueda.
El contrato implícito no era secreto, pero tampoco era transparente. Los términos y condiciones de uso, que nadie lee, articulan cesiones de derechos que serían impensables en otro contexto. La magnitud de los datos recolectados solo se hizo visible gradualmente, con filtraciones como la de Cambridge Analytica o los documentos Snowden sobre vigilancia gubernamental. Para entonces, la infraestructura de recolección ya era parte fundamental de la economía digital.
Las respuestas regulatorias existen y tienen dientes: el RGPD europeo impuso multas billonarias a plataformas como Meta y Google. Pero el modelo de negocio no cambió en lo sustancial; cambió la gestión del consentimiento. La privacidad como derecho real, no como opción que se puede elegir en menús de cookies, requiere cambios estructurales más profundos que todavía no tienen mayoría política en ningún lugar del mundo.
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