Preparando tu lectura
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Fue diseñada para la era industrial. En la era del conocimiento, la productividad no se mide en horas frente a una pantalla.
Equipo editorial de Virela
Imagen de apoyo: Foto de Unsplash
La jornada de ocho horas fue una conquista del movimiento obrero del siglo XIX frente a jornadas de doce, catorce o incluso dieciseis horas en las fabricas de la Revolucion Industrial. La formula "ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho de ocio" que propuso Robert Owen en 1817 tardó decadas en convertirse en estandar legal, pero cuando lo hizo, lo hizo para un tipo de trabajo especifico: el trabajo manual, repetitivo, en linea de produccion, donde el tiempo y la produccion tienen una relacion directa y medible.
El trabajo del conocimiento rompe esa relacion. Un desarrollador de software puede pasar dos horas en un estado de flow y resolver un problema que habria tardado dias de trabajo convencional. Un escritor puede producir su mejor parrafo en veinte minutos despues de un dia de aparente inactividad. Un analista puede llegar a una conclusion critica en una conversacion de quince minutos que ninguna hora adicional frente a la pantalla habria generado. En estos contextos, la presencia fisica o el tiempo en linea no son buenos proxies de productividad.
Los experimentos de jornada de cuatro dias, como el conducido en Islandia entre 2015 y 2019 con mas de 2.500 trabajadores del sector publico, mostraron que la productividad no disminuyo y que el bienestar de los trabajadores mejoro de forma significativa. Empresas en Nueva Zelanda, Japon e Irlanda replicaron el experimento con resultados similares. La resistencia al cambio no viene solo de los empleadores: hay trabajadores para quienes la identidad profesional y el estatus social estan vinculados a la cantidad de horas trabajadas, un patron cultural que el debate sobre la jornada tambien tiene que abordar.
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